16 de mayo de 2013

Dibufala, mozzarella de verdad en Colombia

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Querido amigo Xesco, querido amigo quesofóbico:

Le aviso con antelación. Esto va de queso. De queso de búfala. De búfala de verdad. De verdad de la buena.

A mi calva llegan recuerdos de cuando usted oficiaba de profesor de cocina en el barri de la Ribera y un servidor se esforzaba en torturar cebollas ciselé o conseguía cuajar huevos en pretendidas cremas catalanas. No recuerdo muy bien en que contexto, usted habló de mozzarella italiana y la supuesta leche de búfala que predican algunas etiquetas de los envases, espetándonos aquello de que no se criaban suficientes búfalas en Europa como para producir semejante cantidad de aquellas flotantes bolas de queso que demandaba y sigue demandando el mercado. Que aquello era leche de vaca y que, en algunos pocos casos de pretendida honestidad productora, se mezclaba con algo de leche de búfala. Ojalá estuviera usted ahora a mi vera para comprobar, con maravillada fascinación, el trabajo de esta pequeña empresa familiar que voy a presentarle.

Presiden el despacho las primeras búfalas en las que confió Dibufala

Como muchos bellos proyectos, todo se inicia en amistosa reunión y trago mediante. En Colombia hay actualmente 400.000 cabezas de búfalos. Las trajeron desde Italia los cruzados, vía Caribe, para acabar en la zona chocoana allá por el inicio de los años 50 del siglo pasado. El ganado, bueyes y caballos, trabajaba en las duras condiciones de lluvia y humedad, típicas de la selva tropical, y acababa muriendo. Hasta que el ICA decidió llevar búfalos para sustituir el ganado tradicional. Le cuento, amigo Xesco, que los búfalos no son domésticos y que todavía quedan unos pocos expertos en amansar a estas bestias. Amansan cuatro cabezas al mes, vamos, que son los Césares Millán del campo. Los bufaleros de los Llanos utilizan a los machos para recolectar la palma, son la fuerza motriz de la palma en Colombia. Pero ¿y las hembras?. El trago y el destino dan un empujoncito al atrevimiento. Un valiente propone “hagamos queso, hagamos mozzarella”.

Y en ese momento empezó a germinar lo que se convertió en el año 2010 en la empresa Dibufala.

Como en los mejores tiempos de gastroblogger

¿Se ha imaginado usted alguna vez ordeñar semejante bicho de redondeada cornamenta y 800 musculados kilos? Además, en comparación con las vacas que pueden dar leche por más de 290 días seguidos, las búfalas paran de dar leche cuando van a tener una cría. A las vacas se les estimula para dar leche con máquinas de ordeño, la búfala dará leche con la cría. Aún con la espera de la madre naturaleza, sepa usted que en Dibufala se recolectan 2.000 litros diarios que producen 800 kilos de materia prima de excelsa calidad.

Mi anfitrión y gurú del laticello es don Alejandro Gómez Torres. De verbo fácil, rápido y cercano. Científico cuando debe, humilde si uno pregunta. Aventurero que aterrizó en el sur de Italia para bucear en leche, en fermentos, en cuajadas y en grasas acuosas. Allí aprendió los secretos de la alquimia láctea que se esconde bajo la DOP mozzarella di Bufala Campana. Con tenacidad,  verborrea y buenas maneras se trajo a Colombia a un maestro quesero y unas máquinas dignas de la factoría de Maranello. Actualmente, su planta de producción, es un ejemplo de titánico esfuerzo, fe inversora y fanática disciplina, sobre todo en un país en el que la calidad de servicio al cliente luce por su ausencia, la honestidad se compra a golpe de chequera y la burrocracia traba, hasta límites kafkianos, a los jóvenes empresarios con ganas de hacer excelentemente bien las cosas.

Le digo, amigo Xesco, sottovoce, que los propios expertos italianos que han visitado Dibufala en Bogotá, afirman cabizbajos y derrotados por la excelencia, que esta mozzarella colombiana está muy por encima de todas las mozzarellas italianas excepto en un par de casos que le comentaré a usted en privado para no crear camorristas susceptibilidades ni provocar sangrientas reyertas.


Junto a la planta de producción pudimos charlar, comer y amar a estas esferas misteriosas que son las mozzarellas de búfala. Allí recibe, oficia en los fogones y te mima la mamma, Elsa Torres. Una gozadera de mujer, con generosa conversación y que seduce a golpe de bresaola, de pizza casera, de ricas conservas, de inolvidable tomate asado y confitado, del mejor Parmesano que uno pueda encontrar en Bogotá, de AOVE Thuelma de Jaén, de pan amasado y horneado a dos metros de distancia, de Malbec de la familia Gascón,  de tomates que quitan el sentío y que llegan de la huerta de don Alberto McAllister (de los que le hablaré, querido chef-Xesco-con-huerto-enfrente, en otra ocasión). Y, por supuesto, uno cae rendido y conquistado con el desfile de los productos bufalescos de la casa: elegante mozzarella, divina burrata y goloso yogur. Todo 100% leche de búfala colombiana.

En Italia, es pecado mortal refrigerar estos mochados quesos, de mochar viene el origen de su nombre y el peculiar labio de su corte. Entre otras razones, porque a una temperatura ambiente (ambiente bogotano = aprox. 11-20°C), se disfruta del gastroacontecimiento que uno de los más honestos chefs colombianos bautizó con el poético nombre de “lágrimas de sirena”: la mozzarella llora gracias al fermento, llora lágrimas lechosas, blancuzcas, anacaradas. Le diré, goloso amigo, que para un servidor fue como saborear el alma de la búfala: algo salvaje. Como si nuestro recién desaparecido Bigas Luna hubiera firmado “La teta y la búfala”. Un viaje gastronómico guiado por brujos, hechiceros y chamanes de lo lácteo. Tenga usted en cuenta que, esas cosas llamadas fiordilatte y elaboradas con leche de vaca, no lloran; y si lo hacen, lloran suero. Y eso, definitivamente, no es lo mismo.

La legislación y normativa alimentaria obliga a refrigerar todo producto lácteo natural, normativa que generalmente aborrega al consumidor y cercena a la verdadera cultura gastronómica popular. La piel de estas esferas lácteas que flotan en el agua debe ser tersa, nunca debe despellejarse al tacto y el lomo del cuchillo debe rebotar pero nunca romper tan blanca e imperfecta redondez.

La burrata ronda los 125 gramos por unidad, se “pliegan y atan” a mano tal y como marca la tradición, y sus bocados le llevaron a un servidor de paseo por la lujuria del paladar. Casi roza la herejía añadirle aceite de oliva virgen extra y escamas de sal, pero es bien cierto que esa trilogía convierte instantáneamente al hereje en santo y divino pecador. Mozzarella y burrata son un espectáculo por si solos y uno se arrepiente de todo lo engullido anteriormente con supuestos nombres bastardos. Y uno se da cuenta de lo ignorantes y cabestros en que nos convierte la industria alimentaria.

Usted, querido cocinero, conoce bien las preferencias de mi paladar, y sabe que no soy muy amigo de los yogures y similares. De nuevo, DiBufala destierra los palatales prejuicios y los paupérrimos conocimientos que se tienen de este maltratado producto industrial, otrora excelso y sanísimo remedio medicinal. Y si la mamma Elsa le otorga pitagórico apellido de miel a dicho yogur, éste se convierte en aristócrata postre al alcance de cualquier plebeyo que quiera cuidar de su alma y de su cuerpo. Le confieso amigo mío, de nuevo sottovoce, que yo me lo zampo con abundante mermelada de naranja amarga, eso sí, de la que cocina mi suegra.

Uno de los grandes problemas con los que un servidor se ha topado en Bogotá es la dificultad de encontrar excelentes productores con excelentes productos. Sin duda, Dibufala ha sido la excepción que confirma la regla. El consumidor de a pie puede disfrutar de ellos si visita los supermercados Carulla y Éxito; así como en algunos platos de destacados restoranes de la ciudad como el de Harry Sasson, los de Leo Katz, los del grupo Takami o los omnipresentes Crepes&Waffles. Además, Dibufala ha iniciado la exportación a USA y Chile.

Así pues y aunque su quesofobia no lo comparta, no queda más remedio que desgañitarse al grito de viva el queso. Larga vida al queso de búfala. De búfala de verdad. De verdad de la buena.



11 de mayo de 2013

Serie cartas: Castellbisbal - Bogotá

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Estimado cowboy de medianoche y las cuatro zancadas:

Leyéndole a usted es como viajar al otro lado del charco. Aprecio unos modos que ilusionan a través del sentimiento que transmiten las descripciones. Las más amenas que han pasado por mis pupilas en los últimos tiempos. Saltan a la vista los resultados de esas clases de oratoria y escritura, de adaptación al medio y tal, de cotilleo con las vecinas (el gato tiene la culpa). Si hombre, ese gato que se alimenta de mosquitos XL, no nos pretenda engañar. Yo le veo, el primer día que vio unos de esos bichos voladores blandiendo la raqueta achicharradora  subido a lo alto de la cómoda, y gritando a lo Freddy Mercury alguna que otra perlita. #masterchef.  Sí señor, agradecemos enormemente su labor de comunicador, gracias por compartir tantas cosas chulas del comer, del beber y del buen hacer, es usted un maestro.

Sepa bien, querido amigo, que hemos descubierto un grupo de filibusteros cocinantes allá por las Américas que dicen hacer pasta fresca que está para tocar el firmamento, cochinillo crocante made in CyL, croquetas de la nieta de la gabacha y no sé cuántos panes de La Trinidat! Si en su buen hacer estimase oportuno hacer alguna averiguación al respecto y compartirlas con nosotros sus lectores, le estaríamos eternamente agradecidos. Lo mismo les mado un CV. ¿Sabe usted si hacen algo de formación on-line? No importa, queremos saberlo todo. Usted comparta, comparta con nosotros.

Por aquí andamos a la gresca con los de siempre y por lo de siempre. Qué le voy a contar que no sepa ya! El mes de mayo nos trae algunas celebraciones y con eso se mantiene el buque a flote. Acróbatas de la restauración. Entre semana la cosa se mantiene, unos días más y otros menos. Nuestra estructura es demasiado grande y muy costosa. Seguimos realizando acciones comerciales publicitarias participando en eventos, jornadas, cursos…

Ya va para tres años que vengo dando talleres en Sabores. Hemos hecho muchas tapas y algunos arroces. Estoy cansado de las tapas, ya cuando entré no era un curso santo de mi devoción, por la temática digo, pero la demanda decide cuál es el curso que se vende.  Y tapas vende. Poco a poco los arroces se han ido abriendo hueco, no hay tanto interés pero va aguantando el tirón. El próximo mes estrenamos un taller nuevo “Hoy cocinamos con…Rodaballo!” #delmaralplato. El resultado final es semejante al taller de tapas pero el nombre es otro, comercialmente seguro que vende más “Tapas creativas con rodaballo”, pero me motiva el hecho de ir cambiando no tanto las recetas como el producto principal.

Claro señor mío, la cabeza de un servidor sigue trotando a mil, ya tú sabes. Seguimos colaborando con algunos escritos en la prensa de la comarca, lo que da un poco de presencia y nos acerca a la vecindad. Los chicos de la ciudad: Tiriti, SaraMaria, Silvia, Roger, Manuel Centelles, Massitet, Chozas, siempre preguntan por vos. Cuéntenos algo buen hombre, todos se lo agradeceremos.

Las fieras. A toda pastilla. El mayor está todo el día con la pelota o la bicicleta haciendo excursiones y la pequeña me tiene chalaíto perdío. Nosotros gozamos de buena salud compartida de tanto en tanto con nuestras viejas conocidas jaquecas, el túnel carpiano que presiona mis manos, el estrés y otras menudencias.

Estuvo de visita el amigo Polaco, en Jaume. Una semana compartiendo la vida. Es un grande, se lo ha tenido que currar mucho pero le va bien. La vida no le ha sonreído todavía todo lo que se merece y estoy seguro que algo bonito le está esperando en algún lugar, quizás en Asia. Me muero de ganas por ver su tesis publicada.

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Advertencia: la consulta a los perfiles de estos dos golafres puede producir graves trastornos de personalidad o en la alimentación y afectar seriamente su salud. Se recomienda por lo tanto, practicar el chafardiring siempre con el estómago satisfecho y buenas facultades mentales.

Quería escribirle unas líneas sobre un temita que me ha tenido unos días dándole vueltas. En este país se oyen campanas sobre una futura asignatura de Gastronomía en las escuelas a partir de septiembre. Estaba yo meditando al respecto, haciéndome preguntas sin respuesta y quería compartirlas aquí pero por ahora no me sale. Pero bueno, a ver si me entero de alguna cosa más y si eso le digo dónde hay que mandar el CV. Queda pendiente aquí pero algo puedes leer en "Cultura i Cuina" (aquí a la derecha).

Por ahora eso es todo, si me dejó algo ya volveré. Le hago llegar efusivos recuerdos de toda la familia y allegados. Reciba un fuerte abrazo.

A más ver, querido canalla

Xesco

8 de mayo de 2013

Baluy, chachafruto o fríjol de árbol

6 comentarios:
Estimado cocinero con huerto al frente:

Tengo en mi nuevo barrio el privilegio de estar rodeado de tierra fertilísima. No tengo intención de nombrarle la flora que me rodea, porque no tengo ni pajolera idea y porque tampoco creo que fuera de su interés. Ya le mandé a usted unas foticos en las que se ven calabazas criándose a más de quince metros de altura, encaramadas a las copas de unos arbolotes y dispuestas a descabezar a cualquier incauto que se atreva a disfrutar de una siesta a la sombra.

También sabe usted, de buena tinta, que gozo de tremendas chimeneas a las que alimento con madera de otros árboles que se han ido aprovechando dentro del terreno familiar. En un paseo, de esos con carretilla para hacer acopio de troncos, observé unas enormes vainas entre verdosas y negruzcas que, por inculto y cabestro, ignoré y atropellé, eso sí, sin premeditación ni alevosía.

Lo que son las cosas, amigo mío, que pasados unos días aparece doña María Luisa en la puerta de casa. Ella es señora de poca palabra pero de gran sabiduría popular y enorme habilidad coquinaria. Sin ir más lejos, de sus fogones ha disfrutado un servidor del mejor ajiaco y de unas muy ricas mandonguilles. A lo que iba, que me aparece doña Maria Luisa con aquellas desatendidas vainas. Imaginará usted mi cara de pasmado.

Las vainas en cuestión fueron presentadas con el nombre de baluyes y acompañadas de sencilla preparación similar a las de unas papas hervidas. Adivina usted bien, mis pasos se fueron primero a la biblioteca antes que a la cocina. Reincidente en mi ignorancia, tardé un buen rato en percatarme del plural de mi manojo de baluyes y que debía buscar respuesta en el singular baluy. Y, no conforme todavía con mi hallazgo, descubrí otros populares nombres para el fruto de la vaina: chachafruto, balú, poroto, sachaporoto, basul, pallar. Así como algunos de sus nombres entre las etnias indígenas de Colombia: juatsëmbëse, uswal, chapurutó y farru caci. Y ya, si me pongo más vacilón con usted, le suelto aquello de Erythrina edulis, Triana. Y me quedo tan ancho.

Hermoso y ornamental árbol pues, el que tenemos a cuatro zancadas de casa. El saber popular también me cuenta que es muy usado como poste para cercas vivas y para dar sombra a las zonas de cafetales. La historia y la leyenda cuentan que el chachafruto llegó a Colombia desde el Perú, lo trajeron los indígenas inganos, descendientes de los incas, quienes venían huyendo de la guerra y traían semillas cocinadas como fiambre y semillas vivas que sembraron por el camino hasta que se establecieron en un sitio llamado Porotal, que queda a seis horas a pie del valle del Sibundoy, en el Putumayo.

Respecto a sus usos culinarios, me cuentan que "el chachafruto de los árboles se pierde, no se consume ahora, a la gente le gusta todo lo comprado, la gente lo tiene en sus jardines o en sus tierras pero no sabe cómo se usa". En la zona del Cauca se preparan tortas, natillas, masato (bebida), arepas de güiba, diferentes platos de diario y sobre todo para hacer pan. Aún así, es un alimento que se está perdiendo. Una especie de símbolo de la alimentación del pasado. Me recuerda a las gachas o a las algarrobas de mi andaluz abuelo.

Le diré con regocijo, querido amigo cocinero, que sentados ambos a la mesa frente a un plato de chachafrutos hervidos y sazonados generosamente con sal (casi como unas papas arrugás), se los zamparía con más fruición un servidor que usted. Tienen un peculiar sabor que se cruza entre la patata, el boniato y su no tan querida castaña predominando el conjunto. A mi ignorante paladar sudacatalán le ha parecido de excelso sabor, sobre todo salteados ligeramente con mantequilla.



En otra receta que no me he atrevido a ejecutar, he encontrado a los chachafrutos transformados en salsa con base de crema de leche y acompañando a unas pechugas de pollo con verduras y champiñones. En cualquier caso, me parece más atractiva (y trabajosa) la receta que le transcribo a continuación, extraída del libro Deliciosas frutas tropicales:

Chachafrutos glaseados:

"Se cubre 1 libra de chachafrutos con agua y se cocinan unos 40 minutos o hasta que una aguja insertada en la base de uno de ellos penetre sin dificultad. Se disuelve 1 libra de azúcar granulada con 2 cucharadas de glucosa líquida en agua y se hierve hasta que el almíbar esté a punto de hilo. Se vierte en una refractaria, se deja enfriar, se sumerjen los chachafrutos y se dejan reposar 2 horas.
Se pone al baño maría, cuando hierva se retiran los chachafrutos y se pone al fuego el almíbar hasta que quede un poquito más espeso. Se retira del fuego, se sumergen nuevamente los chachafrutos y se dejan entrapar durante 12 horas. Se repite este procedimiento dos veces más aumentando cada vez el espesor del almíbar. Se sacan y se ponen a escurrir en una malla durante 24 horas en un lugar caliente y seco. Se sirven como bombones."  

No le robo más tiempo a usted, querido Xesco, que seguro le esperan espectaculares frutos en el huerto de enfrente. Un servidor, si para de llover, se dará una vuelta por aquí cerca para recoger otra tanda de baluyes con doña Maria Luisa.

Abrazos y descubrimientos.

3 de mayo de 2013

De besos, de panes, del putuChef Daniel Jordà

11 comentarios:
Trabajaba yo todavía en Barcelona cuando me tocó llamar al panadero Daniel Jordà para unos asuntos de eventos y talleres de pan. Debo confesar que fui invadido por ese cosquilleo de emoción de los primeros besos y por esa tembladera de esfínteres propias del efecto gastrofarandulero. Y le llamé. Y me reuní con él. Y nos tomamos unos cafeses en el bar de al lado. Y los panes ya no fueron lo mismo.

Fue el primer café de unos cuantos pocos más, que se alargaron durante casi dos años. Hablamos de lo divino y de lo humano. De mucho hijueputa y de algunos hombres buenos. De ruinas y de resurgir de las cenizas. De Singapur, de la Barcelona pija y del Barri de la Trinitat. De mujeres, de esposas, de hijos y de amigos de verdad. De tocar de peus a terra.

Curiosamente, casi no hablábamos de pan.

Nunca me hizo caso cuando le insistía que expusiera enmarcada, en alguna pared de la tienda, la chaquetilla que lució en Singapur. Demasiada humildad y demasiado amor a su oficio bajo esa barba, para tan arrogante y prepotente propuesta de un mindundi como un servidor. Eso sí, nos permitimos, cual dioses paganos, bautizarlo con el nombre de putuChef. Me fui de Barcelona para aterrizar en Bogotá sin poder conocer las nuevas reformas de su obrador de Panes Creativos. Sin ver más talleres después de aquel que inauguramos con la ayuda de Starbase y de Julia. Sin probar sus nuevos panes. Sin poder asistir a la publicación de su libro. Sin poder olvidar su pan de panceta y su pan de fresa y chocolate blanco.

Afortunadamente, el estraperlo sigue existiendo entre los primermundistas y los tercermundistas. Así que, tras dura negociación e intercambio de rehenes, el libro llegó a Bogotá a través de un famoso contrabandista bloguero que trafica hasta en los planetas y galaxias del espacio exterior. Incontinencia infantiloide al destrozar el envoltorio. Libro firmado y dedicado. Lujazo de máximo placer onanista y bibliófilo.

Y como se debe practicar con el ejemplo, el libro Panes Creativos se ha convertido en una de las biblias para El Obrador de Bogotá. Un cuaderno de bitácora de las masas madre. Un icono al que se le rinde pleitesía y reverencia. Una droga dura para Andrés, adicto a las masas y yonqui de los fermentos.
También el libro de Dan Leppard, pero el putuChef se pone celoso.

Así pues, que mejor homenaje que presentarte, putuChef,
a tus hijos bastardos y sudacatalanes:

Pan de mostaza
Pan con semillas de amapola

Pan de sésamo
Pan de queso azul

Pan de tomate
Pan de cherry en almíbar, Pan de brie y mermelada de pimiento, Pan de maní, Pan de nuez del Brasil
Pan de briox
Futuras torrijas


Pan de kamut 100%
PAn de kamut 100%


Pan con orégano
Panecillos

Ahora el putuChef despierta a su secta panarra de feisbuc con poemas y besos desde su obrador de Barcelona. Nosotros nos acostamos con esos besos en Bogotá. Desterrando a Morfeo y meciéndonos en nubes de panes. Custodiados por un enjuto angelito de desgreñada barba y zapatos nevados de harina.

28 de abril de 2013

Donde Leo

1 comentario:
Querido gurú de los esmorzars de pagés, pope de los desayunos dominicales, cardenal de los esmorzars de forquilla, hechicero de arroces, alquimista de croquetas.

 Un servidor se despierta con la pereza de domingo nublado. Los pies medio sonámbulos lo arrastran por una nueva casa recién estrenada. El cuerpo choca contra esquinas todavía sin memorizar, confundiendo aquellos giros en el ático de Barcelona con estos antiguos muros de adobe bogotano.

Mis neuronas se agitan con la segunda taza de café y los leo, a usted y a nuestro generoso Starlet, gozando de unas croquetas de callos que adivino divinas. Que me saben a distancia y a madrugadoras mañanas soleadas en Castellbisbal. Que me dejan el regusto de los caldos tintos de su terruño bebidos muchísimo antes de que Lorenzo alcance su cenit. Que me sacan una socarrona sonrisa recordando las herejes compañías de la Zero y de los cafesesconleche. Que me provocan salir de casa tras un dominical aguacero bogotano con un solo objetivo: venganza.

"Y comemos hasta que el alma se eleva en suspiros y se renuevan las virtudes más recónditas de nuestras aporreadas humanidades, mientras aquella sopa bendita se nos mete en los huesos, barriendo de un plumazo la fatiga de tantas pérdidas acumuladas en el viaje de la existencia y devolviéndonos la sensualidad incontenible de los veinte años" Carmen Balcells


A tres cuadras de distancia se encuentra el Piqueteadero de Doña Leo. Mujer chiquita, prieta, de eterna sonrisa y de abrazo hercúleo. Doña Leo trabajó para el Abuelo en una época de solemnes recepciones y de rumbas descrestadas que reunían a artistas, a cónsules, a bohemios, a presidentes de la República y hasta a Joan Manuel Serrat. El hijo de doña Leo nos enseñará, luego del condumio, los álbumes familiares que lo atestiguan. Doña Leo ha cuidado de sus propios vástagos y de los de medio barrio, Julia incluida. Finalmente, doña Leo dejó el servicio para otros y montó cuatro mesas donde oficia, desde hace ya unos lustros, a punta de trinchante y a filo de cuchillo.

No hay carta. La cosa es bien sencilla. Para empezar cerveza bien fría. Seguimos con caldo con cebada perlada. El apellido del caldo, pollo o costilla de res, se sirve en plato aparte con una generosa tajada de aguacate y ají a discreción. Para acabar, un picada que doña Leo trincha a velocidad de matarife y sirve sobre una cestita cubierta con papel para absorber el exceso de grasa. Morcilla, longaniza, hígado, oreja, chicharrón, maduro y papa criolla. Observará usted, querido Xesco, que he intentado echarles de menos lo mínimo y que mi venganza la he tomado calentita y pecaminosamente capital.

Estos piqueteaderos podría usted compararlos en Barcelona con las pequeñas tascas de barrio. Esas de las que tanto nos gustó disfrutar solos o en fieles compañías. Esas que tan rápido están desapareciendo. Esas que saben de fogones humildes. Esas que lucen cazuelas y ollas curtidas a guisos. Esas en las que el protagonismo está en el plato. Esas en las que uno debe mojar pan y mancharse la camisa.

Vuelvo a casa caminando feliz. Con las tripas restauradas y la añoranza desterrada en aquella cestita de picada. Sólo queda tomar un roncito (ronssssito) a palo seco frente a la chimenea y esperar que usted, excelso gamberro del paladar, vuelva a perpetrar una nueva gastrorgía dominical al alimón del escudero Starlet.

Reciba usted esta golosa venganza acompañada de un enorme abrazo sudacatalán.
Pantxeta